Qué es uno – Esbozos para aportar a la confusión

Cuando uno dispone de cierto tiempo, empieza a preguntarse cosas. Quizá sea algo bueno, quizá sea un privilegio, quizá sea lo mejor que le pueda pasar a uno: gozar de las condiciones de bienestar, tiempo y salud suficientes para hacerse preguntas sobre cosas que considera importantes, poder sopesarlas y decidir fríamente y con fundamento qué aplicar a su vida y qué no. Quizá no. Quizá preguntarse qué tomar y qué dejar para la vida de uno sea un lujo superfluo, una pérdida de ese tiempo valioso que debería usarse para algo de mayor provecho. [No me parece. Defina «superfluo». Defina «valioso». Defina «provecho»].

Quizá lo mejor, eso sí, sería que esas dudas ocuparan el lugar correspondiente a lo que son: dudas personales, íntimas, carentes de interés para los demás y que, por lo tanto, deberían estar guardadas en el «fuero interno» y no publicadas en un medio al que puede accederse tan fácilmente, medio quizá inadecuado para tratar tales temas, aunque quizá Internet no sea un medio inadecuado para ningún tema, o lo que es lo mismo, quizá sea el medio adecuado para tratar cualquier tema.

Quizá las publique porque una de las preguntas que me hago es por qué al pensar en qué le pasa a la humanidad cuando me entero de que millones de personas están ahora mismo viendo videos en YouTube sobre cómo maquillarse me debato entre una angustia enorme y una indiferencia total. «Cada cual se divierte como puede». Pero «¿cómo puede ser?». Ah, qué tanto, vamos, si uno también dedica la mayor parte de sus horas a tareas de lo más intrascendentes. Como sea, hay tanta cosa publicada que no le provoca ni el menor atisbo de vergüenza al que la firma, que una huevada más dando vueltas por ahí no debería ofender a nadie. Menos a mí mismo. Aparte es tan larga y tediosa… ¿Quién la va a leer completa? Pero es que quiero provocar un cambio en los que estén cerca de mí. Y no se me ocurre otra manera. Lo único que medianamente sé hacer es escribir. Así que, por cómo están las cosas, lo mismo da, tanto si publico estas torpes consideraciones como si no.

Quizá no da lo mismo.

Quizá no.

Quiero creer que no.

A los bifes.

¿Quién es uno?

¿Lo que le pasó?

¿Lo que piensa?

¿Lo que hace?

[Editado después de leer sobre el ningunismo, que vino a aparecérseme justo cuando estaba escribiendo  —por enésima vez en mi vida— a mano el esbozo de esto, tratando de responder esas preguntas: precisamente esas preguntas son las que hay que dejar sin respuesta, «hay que ser indefinible», plantea Roy Khalidbahn. Pero no puedo evitarlo y trato de responderlas igual.]

Lo importante no es lo que han hecho de nosotros, sino lo que hacemos con lo que han hecho de nosotros.

Dicen en wikiquote que lo dijo Jean-Paul Sartre. No tengo forma de comprobarlo.

Nací en Buenos Aires en julio de 1983. … Mmh, 114 menos 83… Tengo 31 años, sí.

Viví hasta los 15 entre un departamento en Lugano I y II y la casa de mi abuela paterna en Belgrano, donde descubrí el mundo gracias tanto a los contactos que tuve con mis siete tíos todos menores a mi viejo (o sea que pasaba los fines de semana con gente de todas las edades, primos bien niños, tíos adolescentes y adultos jóvenes y mis abuelos, de más de 50 años, cada vez que iba para allá, que pululaban siempre por ahí y me iban enterando de cómo era terminar la secundaria, empezar a estar de novio, casarse, tener hijos…), como con los libros que tenía mi abuelo, los que me compraba mi abuela y las historietas de alguna tía adolescente; a partir de 1998, creo, entre mis 15 y mis 25, en Villa Crespo, siempre con mi familia (los dos padres y dos hermanas menores); después, ya solo, casi dos años en los alrededores de El Bolsón, desde marzo de 2009 hasta marzo de 2011; y de ahí volví —por problemas de salud, principalmente— a Villa Crespo, a la casa de mi familia otra vez, donde vivo ahora mismo.

Varias veces durante mi vida me encontré en épocas en que consideraba que todo lo que estaba haciendo estaba orientado hacia un fin, que todo lo que había vivido desembocaba en ese momento específico, y que ese momento iba a ser el quiebre de una época, un antes y un después en la historia. Pero no, acá estamos, todo sigue igual. Pero yo sigo y sigo, todo el tiempo enfrentando esa tensión entre el mesianismo y la realidad.

Soñé desde el primario con que iba a ser alguien que iba a dejar una profunda huella en la sociedad, porque interpretaba lo que decían mis maestras y mi familia como augurios de algo grande para mi futuro.

Pasó el tiempo del primario. Cursé en un colegio católico de Villa Soldati, el Instituto Cristo Obrero. Sin demasiadas sorpresas, aparte de que después de tomar la primera comunión decidí dejar de participar en todo lo que tuviera que ver con el catolicismo y de que por esa época empecé a disfrutar de leer libros «para adultos». Claro que no cambié el mundo estando en la primaria.

Pasó el tiempo del secundario. Cursé en un bachiller nacional, el Colegio Nacional de Buenos Aires. Sin demasiadas sorpresas tampoco, aparte de que seguí alejándome del catolicismo (no consigo decidir si era ateo o agnóstico). Hice gracias a mis compañeros de curso mis primeros acercamientos a la música que me marcaría para siempre, el metal, y profundicé el gusto por la literatura. Tomé clases de guitarra unos seis meses, que abandoné porque no pude conseguir en ese momento una guitarra eléctrica; y empecé también un taller de historieta que se prolongó durante cinco años, entre mis 15 y mis 20. También tuve mis primeros acercamientos a las ideas de izquierdas en las clases de historia, pero nadie más lejos que yo de alguien con formación política. Me encerré en mí mismo, eso sí. Me enojé con mis compañeros, básicamente por mis concepciones infantiles de cómo debían ser las personas, por ser distintos a lo que yo esperaba. Por supuesto que tampoco cambié el mundo en la secundaria.

La entrada en la universidad fue inmediatamente después de terminar el secundario. Suponía un renovado entusiasmo, ya que uno podía dedicarse a estudiar sólo lo que le interesaba, descollar en lo que más le gustaba. Si no podía modificar las vidas de todos, al menos podía ser «alguien» en un ámbito específico.

No apuntaba tan alto como en la primaria, pero igualmente algo acicateaba como en esa primera época.

Elegí la carrera bastante aleatoriamente (la noche anterior a anotarme al CBC no podía dormirme mientras trataba de decidir si estudiaba biología, ingeniería electrónica, traductorado de inglés o diseño gráfico), es cierto. Pero sin embargo conservaba esa idea de ser «importante» en la profesión que eligiera. Así que al entrar al CBC soñaba con convertirme en el mejor diseñador gráfico que pudiera ser y representar «un antes y un después» en ese entorno.

Pero me encontré un par de años después con que estaba estudiando de manera insincera y vacía algo «porque tenía que estudiar», no porque lo hubiera elegido con convicción. Pasaba noches sin dormir intentando diseñar algo que satisficiera a los profesores, pero no encontraba un verdadero disfrute en lo que hacía. Y el mundo seguía igual.

Publicamos un fanzine de historietas del que sacamos un solo número con un amigo que hice en el CBC y otros chicos que este amigo conocía.

Pero el resultado fue que empecé a alejarme de las historietas.

«Trabajaba» mientras «estudiaba» en el kiosco de mi viejo, donde empecé a sentirme más y más lejos de la gente.

Entre 2005 y 2007 abandoné las historietas, abandoné la carrera, cerramos el kiosco. ¿Y el mundo? Bien, gracias.

Me pasé a Edición en 2006.

Soñé entonces con convertirme en el mejor editor que pudiera ser.

Pero me desilusioné otra vez. Primero, con el tipo de trabajos que conseguía, que solían ser muy tediosos y con pocas posibilidades de cambio —mucho después caí en la cuenta de que uno puede hacer algo desde fuera del trabajo formal, desde fuera de la idea que tenía de lo que era el trabajo; y me di cuenta lentamente también de que los primeros trabajos no son definitivos, pero en el momento los sufrí—, y después, con el ambiente de la universidad, donde mi interés por las clases se debilitaba por lo que en ese momento llamaba «politiquería», ya que en esa época, además de las habituales pujas entre los distintos grupos políticos habituales en la facultad de Filosofía y Letras de la UBA, empezó a hablarse —muchas veces durante las clases— específicamente de convertir en licenciatura a la carrera, que hasta el momento era una tecnicatura, siempre despertando rencillas entre alumnos y profesores.

Abandoné en 2008.

Seguí sin rumbo muy claro —como siempre— durante el 2008, dedicado a trabajar como corrector en Errepar, donde se retroalimentaban, por un lado, mi frustración por lo «kafkiano» del trabajo y, por el otro, mi deseo nacido en la infancia —quizá cuando leí las historietas en las que Mafalda va a Bariloche y ve árboles centenarios— de mudarme a la Patagonia.

Gracias a la benevolencia de mi viejo, pude ahorrar casi la mitad de lo que gané en Errepar. Cuando llegó el momento de pedir las vacaciones después del primer año de trabajo, averigüé precios y vi más que factible el viaje al Sur. «Patagonia, Patagonia, tierra de dorados mitos…». Allá me fui.

Así que después de esas experiencias con los estudios y el trabajo, cambié de rumbo por completo, parte por una decisión propia, parte por el azar. Gracias a ese trabajo del que no disfrutaba y al apoyo de mi familia y de la que fuera mi primera novia, que fue la que me alentó desde el primer momento a conseguir el trabajo y ahorrar para viajar si era lo que más quería hacer, me pude ir de vacaciones al Sur, donde salió la oportunidad de quedarme a vivir allá cuidando un refugio en las montañas cercanas a El Bolsón.

Mesianismo.

Al irme de un departamento en Villa Crespo a vivir al medio de un bosque de coihues y cipreses en una cabaña de troncos construida en la orilla de un río de donde tomar el agua para beber, lavar y cocinar, sin electricidad ni gas, a kilómetros del resto de la gente, a dos mil kilómetros de mi familia, al costado de un sendero de tierra por donde no pueden circular vehículos motorizados, soñaba con estar viviendo de un modo tal que haría a los demás cuestionarse qué estaban haciendo de sus vidas tan profundamente que se produciría un cambio radical en la sociedad.

[Fotos de esa época]

Soñaba con un éxodo de las ciudades, «para recrear nuestro modo de vivir recuperando el vínculo con la naturaleza que las ciudades nos extirpan».

Soñaba, poco tiempo después, con convencer a la gente ya no de que se fuera a vivir al medio del bosque conmigo, sino de que no se resignara a aceptar las cosas que se iban dando, como si fueran irreversibles o definitivas; que pensaran en que podían cambiar su condición con sólo ponerse a hacerlo. Escribía e-mails que creía incisivos cada vez que tenía a mano una computadora.

Fue en esta época cuando empecé a acercarme al anarquismo. Recuerdo que uno de los libros que llevaba en mi mochila de un lado para el otro era Dios y el Estado, de Mijaíl Bakunin, y una antología de pensamiento anarquista del Centro Editor de América Latina que me había regalado un ex compañero de Errepar también «pro-patagónico». Ambos libros quedaron allá. También leí por ese entonces algunos libros de y sobre Thoreau, el Into the Wild de Jon Krakauer, Los viajes de Gulliver.

Desde la primera vez que recorrí un poco el Sur escuché hablar de la permacultura: básicamente, una búsqueda de relacionarse de otro modo con el medio ambiente. Me interesó tanto que pensaba adoptar sus principios para aplicarlos a la casa que iba a construir con mis propias manos en donde vivía, y más: cuando supe que en la sede de El Bolsón de la Universidad Nacional de Río Negro había una tecnicatura en Producción Vegetal Orgánica, me anoté. Reincidente. Por cómo eran las condiciones en las que vivía se me hacía complicadísimo asistir a las clases y estudiar, así que pronto dejé, aunque no perdí el interés y leí cuanto pude sobre el tema (un par de libros de Masanobu Fukuoka, de Gernot Minke, un libro publicado por el CIDEP, donde me enteré de que uno de los mayores divulgadores de técnicas de construcción con barro en Argentina, Jorge Belanko, vivía en El Bolsón), al mismo tiempo que me acercaba a conocer huertas en la zona y empezaba la propia en las cercanías del refugio donde vivía.

Adoraba mi soledad. Disfrutaba tanto, tanto, tanto la sensación de pasar días sin hablar con alguien y que la llegada del momento de hacerlo de vez en cuando se convirtiera en motivo de placer. Amaba amasar pan (:P), salir a juntar leña, salir a caminar, de día, de noche, al sol o bajo la lluvia, mojarme la cara en el río, el silencio, los pájaros, mis gatos. Y poder compartirlo era/hubiera sido lo mejor («era» porque lo compartía con la gente/«hubiera sido» si hubiera conseguido una compañera o un amigo que se quedara ahí conmigo).

La gente que hablaba conmigo parecía irse cambiada. O al menos cuestionándose algo. «Lo estoy consiguiendo», me decía. Todo me hacía sentir que estaba orientado hacia ese punto al que aspiraba desde el primario.

Pero se acabó.

Terminó el trabajo en el refugio. Fui a una chacra donde estuve un tiempo, cerca de dos meses y medio, hasta que no pude más con mi cabeza y volví a la ciudad.

El sueño se derrumbó, después de casi dos años de intentar sostenerlo, por mi inexperiencia tanto en el trato con la naturaleza como con la gente, especialmente con mis empleadores.

Todo mi ser se derrumbó.

Terminé internado en el Alvear, un hospital de emergencias psiquiátricas, durante dos meses y medio, entre julio y septiembre de 2011.

Durante la internación, gracias al «gaucho!», un hombre que visita ese hospital dos veces por semana para dar un taller de poesía a los internados, conocí la Casa de la Poesía Viva, a donde empecé a asistir una vez que me dieron el alta, y donde me rodeé de jóvenes que me trataron bien desde el principio, junto a los que hicimos cosas que nunca antes imaginé que haría, como actuar, bailar, recitar y cantar en público.

Fue en ese grupo de jóvenes donde conocí la Soka Gakkai y el budismo de Nichiren Daishonin, gracias a dos de ellos que lo practicaban. Voy y vengo. Tengo mi gohonzon desde noviembre de 2012, pero con el tiempo dejé de participar en las actividades. Sigo manteniendo charlas muy ricas con miembros de la organización, pero me cuesta mucho reconocerme como parte de un grupo, como norma general.

Al mismo tiempo, como sabía que se dictaba en la Facultad de Agronomía de la UBA la misma carrera sobre producción orgánica a la que me había inscripto en El Bolsón, me anoté para cursarla a partir de 2012.

Al volver al ámbito estudiantil me amigué con la idea de estudiar, y decidí [no sólo seguir con esta carrera con el objetivo de volver a viajar y mudarme de nuevo al interior, donde pueda tomar contacto con la tierra y quedarme a vivir en un lugar más pacífico y esta vez de manera menos impulsiva, conociendo las consecuencias de actuar así, sino también] terminar también la tecnicatura en Edición que había empezado en 2006 y abandonado por desilusiones que no eran producto de la carrera en sí sino de lo que pasaba en ese momento y de lo que me pasaba a mí con la idea de seguir estudiando «para nada» que tenía en la época cuando la abandoné.

De modo que en 2013 retomé Edición, donde ya tengo aprobadas algunas materias de la primera vez que la intenté.

Vengo cursando muy bien (ahora, pero al principio fue arduo retomar el ritmo tomando medicación) las dos carreras a la vez.

La idea ahora es combinar conocimientos del tema de la edición con el tema de la agricultura orgánica y la permacultura para armar algún proyecto ediorial sobre estas disciplinas.

Desde mitad de 2013 estoy trabajando en correcciones de textos.

A fines del año pasado empecé un curso de encuadernación artesanal. El sábado, que es el día en que voy al curso, se convirtió en el más esperado de la semana.

Veremos qué sale.

Por todo esto, ahora siento que estoy en otro de esos momentos cruciales de mi vida, pensando, viviendo experiencias y leyendo como nunca hasta ahora. De nuevo siento que todo esto está orientando mi vida hacia donde [creo que] quiero, y lo quiero compartir con otros. Es esa misma fuerza en el pecho que siento ahora, cuando empiezo a convencerme de que si encuentro algo que considero que vale la pena debo difundirlo, cuando siento que empiezo a tener «convicciones», la que pienso que querían infundirme desde chico mis maestras y mi familia.

Sé ahora que lo que propongo no es aplicable a todos los demás, que no puedo convencer instantáneamente al resto del mundo de que tengo razón y de que deberían hacer lo que yo quiero. Parte de mí quisiera que así fuera. Pero si ni yo mismo estoy completamente convencido de todo lo que hago y pienso, si voy cambiando, cómo exigir a otros que coincidan siquiera en un punto de vista sobre un mínimo aspecto de la vida. [Y al escribir esto, aparece el ningunismo, justo, con su propuesta de insurrección, de no imponer a otros un sistema de ideas in toto sino activar en ellos esa convicción de que es uno el que puede —y debe— hacerse dueño de sí mismo.]

¿Qué es uno?

¿Qué lo define?

La Real Academia:

uno (del lat. unus)
1. adj. Que no está dividido en sí mismo.
11. m. Individuo de cualquier especie.

¿Qué es ser libre?
¿Qué es vivir bien?
¿Cómo vivir bien?
¿Qué es importante?
¿Qué conozco?
¿Qué elijo?

No sé.